Confieso que sí, para mí la docencia de la Seguridad Social es divertida. Lo es principalmente porque llevo prácticamente 30 años dedicándome a esto, y no es raro que el artículo de una ley, o una sentencia, o quizás una pregunta de alguien que se inicia en esta materia, me recuerde a un juicio que tuve en tal juzgado, o una resolución que se emitió por tal o cual entidad gestora, o aquel procedimiento de jubilación que finalizó más o menos bien… En fin, es lo que tiene “peinar canas”, donde el conocimiento y la experiencia se unen y me permiten canalizar ambos en una misma dirección: que mis alumnos aprendan. Es mi única aspiración.
El pasado viernes acabé las clases presenciales en la UAB de este semestre. Allí, el problema del absentismo, presente en el debate académico, es ya una realidad. Un paréntesis: es muy recomendable esta lectura del profesor Ángel Guillén, “El síndrome de las aulas vacías en la universidad”. Y es que, aquel último día, de un grupo de apenas 20 alumnos, en los que realizar clases con 5 o 6 personas es ya un auténtico lujo para mí, después de la clase teórica realizamos una práctica con solo dos personas. Pues bien, antes que una “tragedia”, fue un auténtico placer, porque no solo estuve a la entera disposición de ellos dos y sus dudas, sino que además, al finalizar, pude escuchar sus reflexiones, ver sus miradas hacia el futuro, hacerme partícipe de sus próximas luchas una vez finalicen próximamente el grado, oir sus miedos —que eran los míos con su edad—. Pude escuchar a Rubén y a Rocío, y ellos fueron en ese momento mis profesores. Solo puedo darles un enorme “gracias”.
Pero ojo, el absentismo también está presente en las aulas virtuales. Los foros ya no se activan. El alumnado ya no hace casi preguntas a través de los canales de comunicación… el silencio es casi perpetuo. Sin embargo, a espaldas del profesorado se multiplican los grupos de WhatsApp y Telegram del alumnado de la UOC y la UNED de grados de Derecho y Relaciones Laborales, organizados por asignaturas, en los que se preguntan cuestiones que, no lo entiendo, deberían realizar a sus docentes.
No voy yo a ser quien busque respuestas y soluciones a lo que está pasando. No las tengo, así como tampoco la formación ni los datos para averiguarlo. Pero sí me atrevo a recomendar la lectura de este estudio de la UAB y aplaudir iniciativas como la organizada por mi Universidad, la UOC, “XVI Jornada de Innovación Docente Universitaria e Inteligencia Artificial: retos para las disciplinas jurídicas y sociales”.
Eso sí, lanzo una propuesta. Hay que abandonar el excesivo rigor en la transmisión del conocimiento, al menos en la asignatura que yo “domino”, la Seguridad Social, e incluso en el ámbito procesal. En la era de la #IA, las redes sociales, la velocidad y la urgencia, podemos y debemos comunicar de otra manera. Y para muestra, un botón:
Seguimos…
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